
Sólo el justo puede reconocer los derechos del pobre. Penalizar a las personas que no tienen hogar y viven en las calles, es un acto de injusticia tremendo. Por desgracia, esto sucede en muchos países. No es literatura, es la realidad pura y dura, fruto de una cultura que ha perdido el sentido de fraternidad. Por tanto, cada uno de nosotros seremos culpables de que estas situaciones ocurran en la medida en que uno tome partido y haga lo que le corresponde.

Hay hambre de justicia social en el mundo. Y lo peor, es que se acrecienta cada día más, mucho más, porque la justicia social está ligada al bien común y esta sociedad le importa un rábano el respeto de la dignidad transcendente del ser humano, o el deber de hacerse prójimo de los demás. No podemos con la envidia que, como dijo el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno, es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual. Los efectos de esa rivalidad nos ciegan para que triunfe la injusticia. Así, las diversas formas de discriminación lejos de desaparecer, aumentan; y las desigualdades son escandalosas, lo que contradice el espíritu de la justicia social de la que tanto hablamos y con la que tanto se nos llena la boca a todos.

“De nuevo estoy de vuelta después de larga ausencia, igual que la calandria que azota el vendaval…” La “Luna Cautiva” (Letra y música de Los Chalchaleros) describe perfectamente mi actual estado de ánimo. Azotado por un vendaval de incomprensión, estupidez, mediocridad, corrupción y el absurdo de una sociedad enferma de todos los miedos posibles, opté por un prudente y saludable silencio del cual hoy empiezo a regresar. Muchos –por suerte- han percibido mi desaparición post electoral. Unos extrañados por este prolongado silencio, otros esperando que no piense, que no hable, que no escriba nunca más en mi vida y me transforme en “uno más del rebaño”, un nuevo cordero que –como en la mayoría de los casos- termina siendo capón. Ni lo piensen.

Yo, hombre del medio-pelo argentino, en mis cabales y absolutamente responsable del momento que me toca morir, digo vivir... dejo todo mi agradecimiento a las fuerzas vivas, muy vivas, yo diría avivadas, que me gobernaron con total falta de respeto e identidad profesional.

El pan de la juventud es el entusiasmo. Me gusta que los jóvenes vivan y convivan entusiasmados. A veces siento la sensación que, nosotros los adultos, vivimos como si el ostentación y la riqueza fueran lo más importante en la vida de una persona, cuando lo único que necesitamos para estar realmente radiantes y felices es tener algo por lo cual conmovernos e ilusionarnos. ¿Qué sería del mundo sin la ilusión? No olvidemos que la facultad de realizar un sueño es lo que hace que una vida sea fascinante.

"Quién les vota que hagan su función, quién les dice que está bien su actuación quién los deja salir en televisión, quién los manda a la puta que los parió" Cuarteto de Nos.