
Hay hambre de justicia social en el mundo. Y lo peor, es que se acrecienta cada día más, mucho más, porque la justicia social está ligada al bien común y esta sociedad le importa un rábano el respeto de la dignidad transcendente del ser humano, o el deber de hacerse prójimo de los demás. No podemos con la envidia que, como dijo el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno, es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual. Los efectos de esa rivalidad nos ciegan para que triunfe la injusticia. Así, las diversas formas de discriminación lejos de desaparecer, aumentan; y las desigualdades son escandalosas, lo que contradice el espíritu de la justicia social de la que tanto hablamos y con la que tanto se nos llena la boca a todos.