
Observemos. Somos una generación que, en lugar de fraternizar recursos, lo que hacemos es dilapidarlos al antojo de algunos. La cultura contemporánea parece haber perdido la autocrítica, el sentido del bien y del mal, la responsabilidad para con el mundo y sus moradores. Son hazañas irresponsables ver que quince años después de haberse abierto a las adhesiones, el Tratado de prohibición de ensayos nucleares, siga esperando entrar en vigor, con los consabidos peligros y gastos innecesarios. La verdad que nos interrogan tantas faenas armamentísticas, que a veces pienso que las armas son las que verdaderamente imponen su poder, y que no hay ley que las contenga. Díganme, sino: ¿Para cuándo el desarme del mercado ilícito internacional?. El comercio de las armas es el único mercado que no ha entrado en crisis. Desde luego, la paz no se asegura fabricando más artefactos. Que lo sepamos.